miércoles, 24 de noviembre de 2010


Todas las luces
son figuras de la luz
de Dios, puesta en
cada uno de nosotros.

ASPIRAS A LO BELLO

Ciertas travesuras, que tus mayores tachan de  hechos desconocido, son la manifestación de un despertar a realidades superiores: los sonidos, el ritmo, la armonía de las formas y  colores, el contraste de luz y sombra. Quizá también a ti te haya sucedido lo que nos cuenta este adolescente:
"Cuando volvíamos del colegio no dejábamos de cruzar la calle en esa cuadra. Es que eran unas hermosas rejas. Finas y altas. Rectas, sin desviaciones, desfilando como soldados. Y respondían al requerimiento de nuestras reglas, que recorrían su costillar una y otra vez, produciendo un ruido quejumbroso, un sonido alto y a veces bajo, un tableteo de locura.
Alguno de nosotros no se conformaba con la regla. Se proveía de un palo o de una varilla de hierro. Entonces los ruidos bajaban y subían, se multiplicaban, gritaban, aplaudían, ametrallaban. Y con una sucesión de personales alaridos, terminábamos a toda orquesta, mientras reagrupábamos el paso acompañados por el glorioso coro de los furiosos perros, que encaraban del otro lado de la verja".
"Por la noche, en el campo, mi hermano y yo siempre salíamos cuando alguno -tomando el farol- se dirigía hacía afuera en actividades nocturnas.
El farol, con su luz, era nuestra protección. Y hacía de la noche, los árboles, las sombras, los reflejos, los objetos, un mundo distinto. Acompañábamos al farol en sus giros y en sus cruces. Vivíamos temblando en él. Nos suspendíamos de su luz, nos dejábamos hamacar en ella. Queríamos ser un poco el mismo farol. Íbamos y veníamos con él, tan rápido en llegar a todos los rincones, tan veloz en las modificaciones de las figuras. ¿Teníamos el farol en nuestro corazón, además de tenerlo en los ojos? ¿Es qué éramos un poco como el farol? ¿Verían todo eso los mayores? ¿Veían acaso como éramos nosotros? Mi hermano y yo éramos felices".
(Confecciones de un
adolescente)

UN DESTELLO DE DIOS 

En el umbral de tu adolescencia, te vas abriendo, poco a poco, al sentido de lo bello. Aprendes a amar y gustar la música, la armonía de una obra artística, la majestuosidad de una montaña, la belleza de un rostro juvenil.
La naturaleza, porque es un destello de la belleza de Dios, despierta en tu corazón  el sentimiento de lo sagrado y divino. Cuando contemplas un apuesta de sol; el mar en su inmensidad; cuando escuchas el gorjeo de los pájaros o el rugir de viento entre los árboles, te sientes como transportado al mundo de lo infinito.
Empiezas por descubrir  el ruido y los sonidos más comunes, por acompañar con golpes rítmicos alguna canción y,  luego, llegas a armonizarlos hasta formar un conjunto con otros compañeros de grupo.
Es natural que, al principio, prefieras las sensaciones acústicas ruidosas. Más tarde irás encauzando tu gusto artístico, hasta traducirlo en una forma de expresar tu alabanza a Dios:

¡Demos gracias al señor
con la guitarra.
Cantemos con el arpa
a nuestro Dios.
Cantemos al Señor
un canto nuevo.
Y acompañemos con arte
la canción.
(Salmo 32)




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