A lo largo de toda la historia de la salvación nos encontramos con una caravana de hombres héroes, a quienes Dios hizo grandes:
ABRAHAM: un hombre nómade, anónimo, a quien Dios llamó para hacerle esta promesa: "Levanta los ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. . . Así de numerosa será tu descendencia" (Gén. 15,4). Abraham "creyó contra toda esperanza. . . y no vaciló ante la promesa de Dios, sino que fue fortalecido en la fe, dando gloria a Dios, convencido que El es poderoso para cumplir lo que promete" (Rom. 4,18-20) y de esta manera llegó a ser el padre del antiguo Pueblo de Dios.
DAVID: un simple joven pastor, a quien Dios sacó de detrás del ganado para sentarlo en el trono del reino de Israel, y lo hizo tan grande que se mereció este elogio: "Porque invocó al Señor Altísimo, éste llenó de fuerza su diestra para matar a un poderoso guerrero -Goliat- y exaltar el poder de su pueblo" (eclo. 47,5).
ESTER: Joven doncella, huérfana de padre y madre, a quien Dios destinó entre muchas jóvenes de su tiempo, para que fuese la esposa del rey Asuero. De ella leemos en la Biblia: "El rey la prefirió a todas las demás mujeres y halló ante él más gracia y favor que todas las jóvenes" (Est. 2,17).
MARÍA: la humilde virgen de Nazareth, llegó a ser la mujer más gloriosa de la historia, porque fue elegida por Dios para ser la Madre de Jesús, el Salvador del mundo. Ella es consciente que es Dios quien la hizo tan grande, por eso de sus labios brotaron estas palabras:
¡El Señor hizo en mi maravillas!
¡Gloria al Señor!
Mi alma canta la grandeza del Señor,
mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Porque miró con bondad mi pequeñez,
me proclamarán feliz todos los hombres.
El Señor hizo en mí grandes cosas,
¡Su nombre es Santo!
Su amor permanece para siempre
en aquellos que lo temen.
(Lc. 1,46-50)




