UNA LUCHA CUERPO A CUERPO
Somos un campo de batalla.
Entre el bien y el mal.
Entre lo que quiero y lo que debo.
Entre el egoísmo y el desinterés.
Entre el miedo y la decisión.
Entre la indiferencia y la
fuerza ideal.
Entre ser y no ser.
Esta lucha nos asusta, pero es necesaria. Nos hace grandes. Nos da el mayor de los triunfos: el triunfo sobre sí mismo. Es una lucha cuerpo a cuerpo, como la que sostuvo Agustín para liberarse de sus vicios. En sus Confesiones nos cuenta:
"Yo no tenía nada que responderte, Señor, cuando me decías:
"¡En pie, tú duermes! ¡ Levántate de entre los muertos! ¡Cristo va a iluminarte!". Por todas partes. Tú me hacías ver la verdad de tus palabras, esa verdad me subyugaba... y no encontraba para responderte más que palabras de pereza y somnolencia: ¡ Enseguida! ¡Ahora mismo! ¡Un poquito más! ". Pero el "enseguida no se acababa y el "poquito" se alargaba... Cuando deliberaba, antes de entrar al servicio del Señor, como era decisión mía de hacía muchos años, yo era quien quería y yo mismo quien no quería; yo era , sí, yo. Ni decía plenamente sí, ni decía plenamente no. De ahí esas luchas conmigo mismo, esa dualidad interior, que se producía a pesar mío. No era yo el artífice de todo eso, sino el pecado que habitaba en mí, como castigo de un pecado cometido en un estado de mayor libertad, porque yo era un hijo de Adán.
Exclamaba en mi interior: "¡Acabemos!". Mis palabras se encaminaban a la decisión: iba a obrar y no obraba... Nueva tentativa; llegaba ya, casi tocaba la meta , era mía; pero no, no llegaba, no la tocaba, ni era mía,debatiéndome entre morir en la muerte o vivir en la vida.
(Confesiones, VII, 5-10)
HAY DOS HOMBRES EN MÍ
Antes que san Agustín, san Pablo también había tenido una experiencia semejante:
"En verdad no comprendo lo que hago. Porque no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco.
Pero sí hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mi" (Rom. 7, 19-20).
Nosotros experimentamos también este conflicto en nosotros mismos, esta lucha entre dos fuerzas, dos potencias, dos voluntades opuestas y contradictorias.
Nosotros también queremos el diálogo con nuestros hermanos y no tenemos valor para llegar hasta el final. Oímos la llamada de Amor y vacilamos, y tardamos en responder a esta llamada.
EL PECADO QUE DEJÓ HUELLAS EN MÍ
Yo también como Jorge, Agustín o Pablo, siento en mi dos fuerzas contrarías. Como ellos, sé que esta lucha es una huella que dejó en mí el pecado original.
Pero, por otra parte, tengo la experiencia de que sigo siendo libre y que puedo optar por el bien y rechazar el mal.
El Concilio Vaticano II me recuerda que la orientación del hombre hacía el bien, sólo se logra con el uso de la libertad:
"Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que le hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esa dignidad cuando liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes".
(Gozo y esperanza, 17).
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DABAS LOS PRIMEROS PASOS,
CAÍSTE, SI NO TE HUBIERAS
LEVANTADO, HOY NO SABRÍAS CAMINAR.
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uno quiere el bien y otro
que no lo quiere,
uno que rechaza el mal y otro
que cede al pecado.
Y a pesar de todo, tanto en un
caso como en el otro
se trata de mí mismo, soy
y quien actúa.
(De: "Imágenes de la fe")



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