UNA LARGA MARCHA
SI QUIERO VIVIR
NO ME QUEDA OTRA ALTERNATIVA
QUE CONTINUAR HACÍA ADELANTE
El pueblo de Israel debió recorrer un largo camino
para llegar a la tierra prometida.
El camino hacia ella se inició la noche
en que Dios ordenó la salida.
Según el mandato divino
sacrificaron y comieron un cordero.
Con su sangre debían teñir los dinteles
de la puerta de sus casas.
Así, la sangre del cordero fue la que los salvó y su carne,
la que les dio fuerza para la marcha.
Dios quiso que Israel caminará errante por el desierto,
que viviera en él durante cuarenta años y,
también, que pasara a través del mar Rojo
para que tuviera una experiencia de muerte y resurrección.
El ingreso a la tierra prometida,
también se hizo a través de un paso; el del río Jordán.
Dios separó las aguas del mar Rojo
como las del río Jordán para dejar pasar a su Pueblo.
Luego que hubieron pasado,
las volvió a unir para que los israelitas
ya no pudieran retroceder.
Les resultaba más costoso regresar sobre sus pasos
que continuar el camino hacía adelante.
Así nos sucede a menudo en nuestra vida.
Nos vemos obligados a proseguir el camino,
a seguir siempre hacía adelante,
en la conquista de nuestra personalidad.


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