miércoles, 20 de julio de 2011

¿De quién me puedo fiar?



Cuando pienso que gran parte del mundo de los adultos use recursos, como la publicidad, la moda, los ídolos, y mil cosas más, para manejarnos de acuerdo a sus intereses, nace en mí un cierto desaliento y me pregunto: "¿De quién me puedo fiar?".

Es entonces cuando debo tener presente que no todos cuantos me rodean se aprovechan de mí. Hay quienes desean realmente mi bien: mis padres, mis educadores, mis mejores amigos.
Ellos no ven en mí "algo" una cosa que puedes manejar desde afuera, sino a "alguien", un ser libre, capaz de mis propias decisiones, de querer, amar y decidirme. Noto que ellos se esfuerzan por ayudarme a reflexionar, estudiar, observar, etc. para llegar a adquirir mis propias ideas, mis criterios personales, una justa valoración de las cosas. Puedo y debo confiar en ellos.

ALGUIEN
QUE QUIERE
REALMENTE 
MI BIEN
Sabemos que hay muchos seres buenos que nos aman de verdad, que hacen por nosotros grandes beneficios para ayudarnos a ser  "alguien" y esto es para nosotros motivo de alegría y confianza. 
Pero existe otra razón para que vivamos llenos de entusiasmo y esperanza, es ésta: Hay Alguien que, por encima de nuestros padres, amigos y educadores, quiere realmente nuestro bien, quiere ayudarnos a crecer, a ser grandes, a ser felices. Ese Alguien es Dios. El nos creó por amor. El es quien puso en nuestro ser un deseo incontenible de vivir, de llegar a ser alguien. El está dispuesto a ayudarnos a lograrlo. Solo espera que confiemos en El, que nos dejemos modelar y conducir por su amor.
Esas ansias profundas que sentimos en nuestro corazón y que nada ni nadie logra satisfacer plenamente es su presencia en nosotros, una presencia que nos estimula a querer ser siempre mejores para  asemejarnos  más y más a El.

TU ERES SEÑOR
MI HERENCIA,
TU ERES
MI ÚNICO BIEN.


¿te busco
            o te huyo?


Oh mi Dios, Imán definitivo
del hombre que ha perdido, 
el rumbo de la luz.
Oh mi Dios, a quien busco;
Oh mi Dios, de quien huyo;
al que amo y al que niego,
en quien me fío y al que temo. . .
¡Oh mi Dios de mi contradicción!  
Oh mi Dios al que ansío;
oh mi Dios al que olvido;
pero espero que mi vida
algún día se deshaga,
como lluvia que se pierde 
sobre el  mar.

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